Es una cuestión de tiempo. O, mejor dicho, de demasiado tiempo. Han pasado ya 18 meses desde que arrancó la temporada 24/25 y en el Real Madrid siguen sin aparecer muchas de las versiones que hicieron campeón al equipo de Europa y de Liga. No se trata de un mal partido aislado, ni de una racha concreta. El problema es más profundo y estructural.
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Una cosa es que el rendimiento de Vinicius, Bellingham, Rodrygo, Valverde o Camavinga sea irregular en determinados encuentros. Otra muy distinta es la sensación, cada vez más extendida en el club, de que algunos se han desenganchado del fútbol de élite. De que van a lo suyo. Y ese mensaje, aunque no se verbalice públicamente, empieza a bajar desde la directiva.
En Valdebebas siguen esperando. A los jugadores… y también a que llegue alguna oferta. Pero año y medio después, el socio madridista empieza a hacerse preguntas incómodas. ¿Volverá Jude Bellingham a ser aquel futbolista imperial que parecía marcar una época? ¿Regresará el Rodrygo quirúrgico de las noches imposibles de Champions? ¿O ese Fede Valverde al que Kroos, con tanto cariño como poco ojo clínico, señaló como su heredero del ‘8’? Por muy amigos que sean, se parecen como un huevo a una castaña.
La duda ya no es el talento. La duda es si estos futbolistas ya han jugado sus mejores 25 partidos con la camiseta del Madrid, pese a tener entre 22 y 27 años. O si realmente están preparados para sostener, en el tiempo, el nivel de exigencia que impone este club.
La paciencia empieza a agotarse. En la grada, por la deriva deportiva. Y también dentro, por la sensación de descontrol futbolístico. O la que empieza a perder Mbappé, que no llegó al Real Madrid para conformarse con premios individuales. En Lisboa, su mensaje fue demoledor. Directo. Un mensaje hacia dentro.
“No fue un partido de Champions”.
“No es normal lo que vimos”.
“Cada duelo lo ganaban ellos”.
“Es una cuestión de querer ganar”.
Mbappé lleva 36 goles en 29 partidos. Mbappé no ha ganado aún una Champions. Mbappé tiene hambre. Y empieza a sentirse demasiado solo, tirando del carro junto a Courtois, mientras otros parecen vivir instalados en una burbuja cómoda.
El problema no es el calendario. Ni el contexto. El problema es de actitud y de jerarquía competitiva. De futbolistas que se creen lo que todavía no son. De jugadores que no han entendido que para dosificarte primero tienes que demostrar. Que a medio gas solo pueden jugar los grandes de verdad. Y en este vestuario, por mucho que algunos se miren al espejo convencidos de lo contrario, grandes de verdad hay muy pocos.
El aviso está lanzado. Y esta vez, no viene solo desde la grada.