El Real Madrid superó al Talavera por 2-3, pero lo hizo de una forma que ha encendido aún más al madridismo. Lejos de transmitir solidez o crecimiento, el partido dejó la sensación de un equipo sin control, sin rumbo y desconectado mentalmente durante buena parte del encuentro. Lo que debía ser una noche tranquila acabó convirtiéndose en un ejercicio de supervivencia que nadie esperaba… ni aceptó.
La primera parte maquilló el resultado. El Madrid se colocó con un cómodo 0-2 que invitaba a pensar en un trámite sin sobresaltos. Sin embargo, tras el descanso, el equipo desapareció. Bajó el ritmo, perdió intensidad y comenzó a conceder metros, ocasiones y confianza a un rival que no tenía nada que perder. El Talavera creció y el Madrid se empequeñeció, hasta el punto de acabar pidiendo la hora.
Lo más grave no fue encajar dos goles, sino la forma. Falta de concentración, desorden táctico y una pasividad alarmante. El 0-2 se dilapidó sin resistencia real y el tercer gol blanco no sirvió para tranquilizar, sino apenas para sobrevivir. El pitido final no fue un alivio; fue un reproche. La sensación general fue de enfado y frustración entre los aficionados.
Xabi Alonso, mientras tanto, transmite una imagen cada vez más preocupante. Da la sensación de tenerlo todo perdido, como si entrenara sabiendo que su futuro ya está escrito. No hay señales de convicción, ni de autoridad, ni de una idea clara que se esté construyendo. El equipo no evoluciona y los errores se repiten partido tras partido, independientemente del rival.
Dentro del club se asume que la única razón por la que Xabi sigue en el banquillo es la espera de la Supercopa. No hay una fe real en que el proyecto vaya a despegar. Simplemente se ha optado por aguantar hasta ese punto para tomar una decisión definitiva con un contexto claro. Mientras tanto, cada partido refuerza la sensación de interinidad.
El encuentro ante el Talavera dejó además decisiones difíciles de explicar. No se entiende la salida de Endrick, uno de los jugadores más activos y determinantes del partido. Fue de los pocos que aportó energía, desborde y sensación de peligro. Su marcha del campo dejó al equipo sin chispa ofensiva justo cuando más lo necesitaba.
Tampoco se comprende que Mbappé disputara los 90 minutos en un partido de este perfil. Con el calendario cargado, con el equipo desordenado y con otros jugadores pidiendo paso, mantenerle todo el encuentro no parece responder a una lógica deportiva clara. Son decisiones que alimentan la sensación de improvisación.
Pero más allá de nombres propios, la gran pregunta vuelve a ser la misma: ¿a qué juega este Real Madrid? No hay un patrón reconocible, ni una estructura estable, ni una identidad clara. El equipo parece reaccionar a los partidos en lugar de dominarlos. Vive de momentos aislados y sufre demasiado ante cualquier rival mínimamente ordenado.
El Talavera, con sus limitaciones, expuso todas las debilidades blancas en la segunda parte. Intensidad, convicción y atrevimiento frente a un Madrid dubitativo, desconectado y vulnerable. Que un partido así termine con nervios y urgencias es una señal que no puede ignorarse.
La victoria mantiene al equipo con vida en la competición, pero no calma a nadie. Al contrario, incrementa el malestar. Porque cuando ni siquiera ganar sirve para transmitir tranquilidad, el problema ya no es el resultado. Es el fondo.
El Real Madrid sigue avanzando por inercia, sin un plan reconocible y con un entrenador que parece sostenerse únicamente por el calendario. La Supercopa aparece como el próximo punto de inflexión, pero cada partido previo añade dudas en lugar de certezas. Y el de Talavera, pese al 2-3, ha sido otro paso atrás en sensaciones.