La vuelta de las supuestas máscaras de hipoxia al entrenamiento del Real Madrid CF, que vimos ayer en Valdebebas, ha generado bastante ruido… pero esta vez no precisamente ilusión. Hace años, cuando aparecieron por primera vez, muchos pensábamos que aquello era tecnología futurista, casi ciencia ficción: que si iban a convertir a los jugadores en máquinas, que si iban a correr más que nadie, que si el equipo iba a volar físicamente. Pero la realidad es mucho más terrenal. No son máscaras milagro ni tienen nada de revolucionario. Y eso es lo que ha terminado enfadando a buena parte del madridismo.
Para empezar, ni siquiera son realmente “máscaras de hipoxia” como tal. No están pensadas para mejorar directamente el rendimiento, sino para medirlo. Básicamente sirven para analizar en qué punto físico está cada jugador: su umbral aeróbico, su umbral anaeróbico, cuánto tarda en fatigarse y hasta qué nivel puede apretar antes de romperse. Es una herramienta de diagnóstico, no de potenciación. Lo que busca el cuerpo técnico es recopilar datos, certificar quién está fundido y quién todavía tiene margen, y a partir de ahí diseñar planes de recuperación y entrenamiento totalmente individualizados.
También te puede interesar: NO ME LO PUEDO CREER. El misterioso entrenador que le gusta a Florentino para el R.Madrid
La idea parte del preparador físico Antonio Pintus, que siempre ha trabajado con este tipo de controles científicos. Y sobre el papel tiene sentido: conocer exactamente dónde está cada futbolista para ajustar cargas, prevenir lesiones y optimizar esfuerzos. El problema no es la metodología, sino el contexto. Da la sensación de que estamos arrancando una pretemporada en marzo, cuando lo que la gente percibe no es cansancio físico, sino agotamiento mental, falta de hambre y poca ambición competitiva. Y eso, sinceramente, no lo arregla ninguna máscara.
Por eso hay tanto cabreo. Muchos aficionados ven todo esto como pura parafernalia, casi marketing: fotos espectaculares, aparatos llamativos, el mensaje de “ahora sí, vamos a volar”… pero luego el problema sigue siendo el mismo. Si la actitud no cambia, ningún gadget va a transformar la temporada. Puedes medir que están reventados, puedes certificarlo con datos, pero eso no garantiza que luego corran más, presionen mejor o compitan con más carácter. El fútbol, al final, también va de cabeza y corazón, no solo de vatios y pulsaciones.
Es cierto que dentro del madridismo hay quien confía en que, con este trabajo más específico, el equipo pegue el famoso “pico” físico en primavera y apriete cuando se deciden los títulos. Que a partir de marzo se note la diferencia y se pueda dar el sorpasso en Liga o competir mejor en Europa. Puede ser. Ojalá. Pero yo, sinceramente, no lo tendría tan claro. Primero hay que recuperar el hambre competitiva; después vendrá lo físico. Las máscaras pueden ayudar a planificar… pero el carácter no se entrena con cables ni sensores. Eso sale de dentro. Y ahí está el verdadero desafío.