El enfado llega hasta la planta noble
Cuando sucede una debacle como la de anoche, el análisis ya no se queda en el césped. El enfado ha escalado directamente a la directiva del Real Madrid, donde se empiezan a escuchar opiniones mucho más duras de lo habitual. No es el mejor momento para sentencias en caliente, pero precisamente ahí, en esos comentarios espontáneos, es donde afloran los problemas de fondo. Y lo que se respira en los despachos ahora mismo es preocupación real, casi hartazgo.
Dos nombres sobre la mesa: Vinicius y Rodrygo
Aunque no todos dentro del club comparten esta postura, parte del consejo directivo señala directamente a Vinicius y Rodrygo como símbolos de un ciclo agotado. No se cuestiona su talento, que es indiscutible, sino algo más delicado: la mentalidad. Hay quien cree que ambos han tocado techo en ambición competitiva y que, lejos de tirar del grupo, han terminado contagiando cierta relajación que no encaja con la cultura histórica del Madrid.
No es calidad, es hambre competitiva
En el Real Madrid siempre se ha perdonado fallar un pase o errar un gol, pero jamás la falta de carácter. La sensación es que el equipo compite a medio gas y que las estrellas no están marcando el camino. Cuando los referentes no aprietan, el resto se acomoda. Y eso, en un vestuario lleno de jóvenes y fichajes nuevos, se multiplica. No se trata de una caza de brujas interna, sino de preguntarse si la etapa de algunos pesos pesados ha llegado a su límite natural.
Florentino no lo tiene tan claro… todavía
Eso sí, esta corriente no representa necesariamente al presidente. Florentino Pérez sigue apostando por renovar a Vinicius y mantener a Rodrygo, salvo que llegue una oferta irrechazable. No quiere vender por impulso ni mandar mensajes de debilidad al mercado. Pero el debate existe, y cuando ese debate entra en los despachos del Bernabéu, rara vez desaparece sin consecuencias. El cabreo tras la derrota, especialmente después de haber pedido un cambio de actitud, fue monumental.
Ahora llega otra prueba de fuego en casa, con el Bernabéu preparando una pañolada que nadie en el palco desea vivir. La conclusión que se impone es clara: el problema ya no es el entrenador, son los jugadores. Y hasta que no se tomen decisiones valientes, el ruido no va a parar. Porque en el Madrid, cuando el vestuario se señala, tarde o temprano alguien paga. Siempre ha sido así.